La galerna de 1961
El día en que la mar vistió de luto a San Juan de la Arena
El día en que la mar vistió de luto a San Juan de la Arena
Hay días que permanecen grabados para siempre en la memoria de un pueblo. Días que el tiempo no consigue borrar porque dejaron un vacío imposible de llenar. El 12 de julio de 1961 fue uno de ellos. Aquella jornada, que había comenzado como tantas otras de verano, terminó convirtiéndose en una de las mayores tragedias de la historia marítima del mar Cantábrico y en una herida que aún hoy permanece abierta en San Juan de la Arena.
En aquellos años, la pesca era mucho más que un oficio: era la forma de vida de todo un pueblo. Más de ciento cincuenta hombres estaban enrolados en una flota formada por embarcaciones como La Raza, Copi, Jesús Gijón, Estrella de la Esperanza, Águila del Mar, Deliciosa Vista, Padre Nazareno, Puente Nuevo, Puerto Pajares, Junquera... Cada salida al mar suponía llevar el sustento a casa, pero también aceptar un riesgo que los marineros conocían desde generaciones atrás.
Aquella mañana amaneció cálida y tranquila. En tierra, el calor era el propio de un día de verano y, aunque soplaban vientos del sudoeste, nada hacía presagiar el drama que estaba a punto de desencadenarse. En plena costera del bonito, los barcos trabajaban repartidos por diferentes puntos del Cantábrico cuando el viento comenzó a cambiar de forma repentina. Primero roló en todas las direcciones y, finalmente, entró con violencia desde el oeste. En pocos minutos, la calma desapareció y la mar mostró su rostro más cruel.
La galerna fue devastadora. Vientos huracanados que alcanzaron los 150 kilómetros por hora levantaron olas de casi diez metros de altura. Lo que normalmente era un temporal breve se convirtió en una lucha desesperada que se prolongó durante casi tres días. Para muchos pescadores no hubo posibilidad de regresar a puerto. Solo quedaba resistir frente a una fuerza imposible de dominar.
El golpe para San Juan de la Arena fue especialmente duro. Dos de sus embarcaciones quedaron atrapadas por la furia del temporal. El Águila del Mar se perdió para siempre; únicamente dos de sus tripulantes consiguieron sobrevivir. El Padre Nazareno también sucumbió ante la violencia de las olas, pero, en medio de tanta tragedia, se produjo un auténtico milagro: toda su tripulación fue rescatada por un pesquero francés que los trasladó sanos y salvos hasta el puerto de Concarneau.
El balance para el pueblo fue sobrecogedor. Doce marineros de San Juan de la Arena no regresaron jamás a casa. Doce familias quedaron rotas para siempre. Doce ausencias que todavía hoy siguen formando parte de la memoria colectiva de la villa.
La tragedia fue aún mayor si se contempla en toda la cornisa cantábrica. Aquel temporal hundió veintiún embarcaciones y acabó con la vida de ochenta y tres marineros: gallegos, asturianos, cántabros y vascos unidos por un mismo destino. Solo pudieron recuperarse dos cuerpos. Detrás de aquellas cifras quedaron cincuenta y tres viudas, ciento veintiséis huérfanos y decenas de hogares marcados para siempre por el silencio de quien nunca volvió.
Aquella catástrofe también sirvió para cambiar la historia de la pesca. Puso de manifiesto las enormes carencias de las embarcaciones de la época, muchas de madera, con escasos medios de salvamento y dependientes de unos pronósticos meteorológicos que apenas habían anunciado chubascos y viento moderado. Después llegaron mejoras en la construcción de los barcos, la desaparición de los pesqueros propulsados por máquinas de vapor y un importante avance en los sistemas de predicción meteorológica y seguridad marítima.
Más de seis décadas después, la galerna de 1961 sigue viva en la memoria de San Juan de la Arena. No es solo el recuerdo de una tragedia; es también el homenaje permanente a una generación de hombres que hizo de la mar su forma de vida y que conocía mejor que nadie que cada salida podía ser la última.
Porque la mar devuelve muchas cosas, pero nunca devuelve el tiempo compartido con quienes se llevó. Y mientras las olas continúen rompiendo frente a la costa de La Arena, los nombres de aquellos doce marineros seguirán navegando para siempre en el corazón de su pueblo.